El remoto país en el que Martín Chambi nació ha producido no más de una media docena de creadores cuyas obras puedan ser admiradas prescindiendo del patriotismo (que infla los prestigios artísticos hasta  traumatizar por completo las tablas de valores) como productos de una visión ancha, sin orejeras, de lo humano, que enriquecen la experiencia universal.

Este maestro de la fotografía es uno de ellos. A diferencia de otros miembros de ese club tan exclusivo, el  Inca Garcilaso de la Vega o César Vallejo, por ejemplo, cuyas obras se gestaron sobre todo en el extranjero, en medios más ricos y estimulantes que el propio para el trabajo literario y artístico, Chambi realizó su obra monumental (de la que al parecer –pues no está catalogada-, la familia conservaría unos treinta mil negativos) en una provincia de la sierra peruana supliendo con su esfuerzo, su imaginación y su destreza –con su genio- las limitaciones que ello significaba.

Decir que fue un pionero es cierto, pero insuficiente. Pues la obra que dejó vale como resultado, por su coherencia interna, su originalidad, su penetración en las entrañas de un mundo y su riqueza visual, más que por ser una obra fundadora gracias a la cual el arte de la fotografía de su país adquirió ciudadanía internacional.

Nacido en 1891, en una aldea del altiplano puneño, en el seno de una familia campesina, un azar feliz lo llevó a trabajar cuando era aún niño, a una mina de las alturas de Carabaya, donde sin duda vio por primera vez (en manos de un empleado de la empresa) una cámara fotográfica. El encuentro tuvo consecuencias impagables, para la vida del muchacho y para la historia de la fotografía de su patria, que hasta entonces había sido sobre todo un oficio, una técnica, y que con él comenzaría a ser investigación e inspiración, intuición y ambición, es decir creación, es decir arte.

En Arequipa, en el estudio del gran fotógrafo local –el estudio Vargas del que salieron retratadas todas las familias de clase media y alta de la blanca ciudad-, hizo Chambi su vela de armas profesional. Pero su carrera comenzaría a todo fuego en el Cuzco, donde se instaló a comienzos de 1920 y donde, hasta los años cincuenta, en los que su actividad se fue apagando (aunque él viviera hasta 1973), desarrollaría su fecundo talento.

De su codiciosa mirada se puede decir que lo vio todo. De su curiosidad, que era inagotable y que lo llevó a explorar de pies a cabeza y de cabo a rabo esa provincia pequeña e intensa cargada de historia y de drama social, sobre la que disparó incansablemente los fogonazos de su viejo armatoste, esa cámara de placas con la que hizo verdaderos prodigios en su estudio, en las calles, los jardines de recreo, los pueblos, las comunidades nativas, las ferias, los valles, las montañas.

Es arriesgado insistir demasiado en el valor testimonial de sus fotos. Ellas lo tienen, también, pero ellas lo expresan a él tanto como al medio en que vivió y atestiguan, más aún que sobre lo pintoresco, lo cruel, lo tierno o lo absurdo de su tiempo y del mundo andino, sobre la sensibilidad, la malicia y la destreza del modesto artesano que cuando se ponía detrás de la cámara se volvía un gigante, una verdadera fuerza inventora, recreadora de la vida.

Sin duda, en sus imágenes Martín Chambi desnudó toda la complejidad social de los Andes. Ellas nos instalan en el corazón del feudalismo serrano, en las haciendas de los señores de horca y cuchilla con sus siervos y sus concubinas, en las procesiones coloniales de muchedumbres contritas y ebrias y en esas tiznadas chicherías que otro cuzqueño ilustre de esos años, Uriel García, llamó “las cavernas de la nacionalidad”. Todo está en ellas: los matrimonios, las fiestas y las primeras comuniones de los pudientes, y las borracheras y miserias de los humildes, y los públicos actos que unos y otros compartían, los deportes, los paseos, los bailes, las corridas, las novísimas diversiones y los solemnes ritos que los campesinos venían repitiendo desde la noche de los tiempos. De Martín Chambi cabe decir que en esos más de treinta años de labor no dejó un rincón del universo cuzqueño sin apropiárselo e inmortalizarlo.

Pero a ese mundo que fotografiaba sin descanso también lo transformó. Le impuso un sello personal, un orden grave, una postura ceremoniosa y algo irónica, una inmovilidad que tiene de inquietante y de eterno. Triste y duro, pero también, a veces, cómico, cuando no patético o trágico, el mundo de Martín Chambi es siempre bello, un mundo donde aun las formas extremas de desamparo, la discriminación y el vasallaje han sido humanizadas y dignificadas por la limpieza de la visión y la elegancia del tratamiento.

“Madrastra de sus hijos”, escribió del Perú el Inca Garcilaso. Con Martín Chambi, uno de los más grandes artistas nacidos en su suelo, lo ha sido. Una madrastra ingrata, olvidadiza, al extremo de que pocos de sus compatriotas saben quién fue y por qué se lo debe recordar y admirar. Menos mal que en el resto del mundo –ahora también en España, gracias al empeño de Luis de Toledo- se le va descubriendo y haciendo justicia. No tengo la menor duda de que un día se le reconocerá como uno de los más coherentes y profundos creadores que haya dado la fotografía en este siglo.

Mario Vargas Llosa

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