Chambi se eleva hasta hermanarse con el cóndor, ave sagrada que todo lo ve, para luego descansar en el hombro de un maíz ruborizado hasta el hartazgo, morado.

Martín Chambi graba por medio de la luz. Es el primer fotógrafo indígena latinoamericano. Chambi no inventa, co-crea… Su expresión inca se integra al medio, como aquellas piedras sagradas que contornean la naturaleza sin agredirla. Aún cuando quiera decir acerca de él mismo, usará el retrato. Entonado en la luz de cada ser narra, porque su arte tiene que ver con eso, con ceder su palabra todo el tiempo, con la humildad que mira a través de sus personajes sin necesidad de herir al papel.

Chambi es contraste. Él presenta sin prejuicios. La atemporalidad besa las manos de su obra y hace que su mirada trascienda y perdure.

Chambi es consciente de que nos comparte el puma solar concebido por Pachacútec, el noveno Inca. Nos invita a las manifestaciones de luz provocadas por singulares equinoccios, y al amanecer de una ciudad sagrada que festeja el retorno del Inti cada 21 de junio…

Chambi nos ofrece una visión psicológica que excede al modelo, la cual trepana el alma del instante con su cuchilla sacra. Nos invita a la dignidad del anonimato, de la manera más bella: naturalmente. Sus trabajos son libres en sí mismos. No sólo tiene la grandeza de retratar en el escenario de luz natural de su estudio fotográfico a la alta sociedad y a los artistas e intelectuales de la época, sino también a sus hermanos, viajando en sus itinerarios a lomo de mula por lugares remotos, plasmando así a los hijos de la Pachamama.

Chambi nos comparte algo indescifrable que anda entre los Portales que custodian la Plaza de Armas de Qosqo. Jardines de conventos, patios de fábricas, poblados de trabajadores.

En sus representaciones percibimos la ronda y el dejo de la chicha en los suelos de tierra y los conejillos de indias aún nos sorprenden los tobillos.

Mil novecientos cincuenta es el año de la caída de los cristos del alma de Martín. Un trágico terremoto devasta su ciudad, Qosqo, con un saldo de 35.000 víctimas, y así se desmorona su fuente de inspiración. Sin embargo, la arquitectura Inca permanece erguida entre las ruinas coloniales gracias a la obra de sus asientos antisísmica, a quince grados. A partir de su fotografía pudieron reconstruirse arquitecturas perdidas y malogradas por este sismo.

Martín Chambi deja que el muro individuo hable por sí mismo.

Un minero se materializa lentamente desde una vena perdida, se torna asible a los ojos, ofreciendo una lágrima verde que lame sus labios. Sus pupilas dilatadas como un grito (sin voces aparentes), restos de oscuridad relamen a la otra mejilla abultada por la coca.

No es hora de pactos con las entrañas de la tierra.

Otra dinamita destrozará su cuerpo y se inmolará en la garganta de un monstruo indescifrable que hace brindar con alcohol de noventa y seis grados.

La turquesa deja de estremecerse con las voces de la sombra del cóndor, y engristece. La luz sólo deja pasar a su nave los extremos y algunos aliados de una energía indómita. Alguien conversa con la ayahuasca, que insiste con la lluvia; y los colibríes describen a Dios entre sus alas, cuando la bruma revela a la espesura los secretos de la imagen perpetua. Del plexo solar germina una visión. Las escamas de piedra gris. Los panales pétreos, como lomos de tortugas ancestrales.

Cruje la mirra estremecida por el soplo y el fuego. El puma se sonroja. El oro palidece y deviene en plata. El ojo del gigante de Paruro retrata a Martín Chambi al unísono que es retratado.

Un perro bosteza y afirma su pescuezo al pedregullo nuevamente. El polvo queda suspendido en el aire como el tiempo bajo el agua frente a un Chambi incipiente, y lo conduce a la mística de las nubes.

El cosmos le hormiguea las sienes. El papel sabe a Vallejo. Las atmósferas sueñan a Caravaggio y susurran a Rembrandt.

Heredero de los Incas, Martín Chambi. Hijo del Sol, de la luz…

Gastón Cosentino
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