UN MUNDO Y UN TEMPERAMENTO

por ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Dijo el pensador francés Hipólito Taine que el arte es la máxima expresión de la naturaleza y el hombre, vistos a través de un temperamento. Pues creo sinceramente que estas palabras de tan connotado intelectual pocas veces se encarnaron tanto como en la obra del fotógrafo extraordinario que fue el peruano Martín Chambi. Y todo esto ocurrió -u ocurría- en la convencional Lima de fotógrafos como Eugene Courret y su homónimo Manoury, que. aunque franceses de origen, fueron un importante testimonio más de la minoría de edad del arte y la literatura peruanos de aquellos años finales del siglo XIX y también de, por lo menos. la primera mitad del xx. Nuestra literatura y nuestro arte, en efec-to. lo que en realidad aspiraban llegar a ser por aquellas décadas era copia y calco de lo que por entonces se hacia en Europa.

Aún menores de edad y colonializados al máximo, los artistas y escritores peruanos, como los de toda Hispanoamérica, no buscaban otra cosa que expresar nuestra realidad con las armas de los europeos, dando con ello prueba de una casi insalvable inmadurez y de una patética constante: al igual que nuestras europeizadas clases dirigentes y como nuestros artistas,  todos.actuábamos y creábamos para llegar a ser cualquier cosa menos peruanos o argentinos o colombianos. Actuábamos movidos por un evidente complejo de inferioridad con respecto a las grandes metrópolis extranjeras. Y cuando nos liberamos del yugo colonial español pasamos a querer ser franceses, más tarde ingleses y así sucesivamente quisimos ser de todo un poco. olvidando que nuestro nacimiento, vida y entorno estaba irremediablemente ligado a un país de inmensas carencias, de grandes desequilibrios. de desgarradoras opulencias y miserias. pero también heredero de un gigantesco legado cultural que, sin embargo, parecíamos no sólo no querer ver sino. lo que es peor. muy a menudo despreciábamos.

El Perú de entonces, y en gran medida el Perú de hoy. todavía, era y es un país adolescente y acomplejado cuyas clases dominantes -que no dirigentes- creen encontrar en la beata imitación de. digamos, lo francés, una auténtica salida para el alma, a la par que una mayoría de edad, sin que para nada se tenga en cuenta nuestra excentricidad ante el eurocentrismo de grandes centros culturales como París, Londres o Roma. Y para la misma madre patria española no éramos otra cosa más que salvajes buenos, y Lima, esa ciudad que se soñaba europea y que no pasaba de ser patéticamente colonial y cortesana. Lima, repito, era vista como el punto más exóticamente lejano del centro -que era siempre Europa. cómo no-. y de esta manera la mayor distancia existente no era otra que aquella de la cual da fe una expresión como: «de aquí a Lima». O sea, de aquí al fin del mundo.

Querer ser y aparentar son expresiones de un trágico movimiento del alma que no sólo nos condena a la eterna adolescencia, en tanto que país, sino también una interminable infancia, cuyo común denominador es nada menos que la inmadurez, pero una inmadurez sin duda alguna agravada por el desprecio de todo aquello que es genuinamente nuestro, incluyendo por supuesto nuestra inmensa dificultad de ser.

Martin Heidegger decía que todo aquello que existe trata de perseverar en su ser, y es conocida la anécdota según la cual el nonagenario filósofo Bernard le Bovier de Fontenelle, preguntado por su médico, en su lecho de muerte, cómo se sentía, o mejor dicho, qué sentía, respondió: «Lo que siento. doctor, es una gran dificultad de ser». El pobre anciano, qué duda cabe, no tardaba en abandonar este mundo.

Pero dejemos ahora el campo de la literatura y el de otras artes para cenirnos al de la fotografía y más precisamente al de la fotografía de Martín Chambi Jiménez, ese otro excepcional solitario de lo peruano como lo fuera siglos antes que el el Inca Garcilaso de la Vega. Fotógrafos los había ya en el Perú a principios del siglo xx, y muy buenos fotógrafos como aquellos que formaron por ejemplo la escuela del Cuzco. Y entre éstos cabria citar a Abraham Guillén, aunque sea tan sólo porque, como señala el historiador peruano Pablo

Macera, Guillén fue el primero en realizar un trabajo sistematizado de documentación de los monumentos arqueológicos, la arquitectura incaica y colonial, y las formas de vida de los más primitivos grupos incaicos peruanos.

Sin embargo fue Martín Chambi Jiménez. un modesto aymara nacido en el departamento de Puno. o sea en tierras que, a diferencia de las cuzqueñas, para nada formaban parte de la iconografía universal, tierras ignotas y sencillamente olvidadas de la mano de Dios y del hombre mismo. Fue Martín Chambi, insisto, el primer fotógrafo -estoy a punto de decir el primer artista peruano y punto- que retrató un Perú sumamente desconcertante, y sumamente desconcertante a fuerza de ser real. El primero también en hacerlo con una mirada peruana, lejana como el cráter de la luna de la mirada colonizada con que aún hoy solemos mirarnos los peruanos. Su mundo es mágico, único, complejo, desgarrador y sumamente personal, pero es también, y antes que nada, un mundo peruano visto por un temperamento auténticamente peruano. en nada y para nada europeizante o inmaduro o pretencioso. Sus fotos son peruanas hasta decir basta, y no hay en ellas un asomo de dependencia de ningún tipo.

A los 26 años, este creador de la fotografía hispanoamericana, en su variante peruana, ya trabajaba solo, como quien huye del atroz peligro de las influencias. Sus postales de esa época, tan sensibleras y duras y dolorosas y contradictorias como la poesía de ese otro cholo peruano. cholo hasta la médula, el poeta César Vallejo, poeta del dolor de ser peruano, o más sencillamente del dolor peruano en un mundo muy ancho y más ajeno todavía.

Sabido es que Chambi pasa por Arequipa y Sicuani antes de establecerse en el Cuzco, ciudad en la que existía por aquel entonces una gran efervescencia cultural. Había también en el Cuzco, en las décadas de 1920 y de 193o, un incipiente mercado artístico que sin duda facilitó el desarrollo de las artes y entre éstas de la fotografía. Martín Chambi conoce la prédica de Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador del APRA O Alianza Popular Americana, prédica según la cual sólo las ideas del maestro y gran orador, fundador del más importante partido político del Perú, hasta el día de hoy, sólo las ideas del maestro, repito, salvarían al Perú de la maldición eterna de su eterno infantilismo, de su servil condición, y del tremendo desgarramiento de razas, pueblos y de sus indios eternos olvidados de la tierra, aunque por entonces más bien se tendía a creer que eran más bien los olvidados de la mano de Dios, haciendo caso omiso por supuesto de que buena parte de su calidad de parias en su propia tierra. de hombre sin cosmogonía, y hasta de bestia de carga, era producto precisamente de las doctrinas impuestas por los representantes de Dios en aquellas tierras del diablo.

De haber llegado a ser el retratista preferido de las élites sociales del Cuzco, aquéllas que habían hecho de esta ciudad uno de los polos de la corrupción administrativa, de la represión y del envilecimiento del indio. Martín Chambi pasa a ser precisamente el artista enemigo de las sucesivas y sofocantes dictaduras militares. Tal evolución hacia lo real peruano, en cuerpo y alma, empieza sin duda cuando hace subir a su estudio fotográfico a esos seres que son «un poco vegetales.

un poco hombres y un poco piedras». para usar la expresión de Publio López Modéjar. Estos pobres hombres, estos pobres diablos de la historia peruana, se asombran, se asustan, se pierden entre la desolada desmesura de un taller humilde de aquellos años. Es ésta la única seña que une todavía a Chambi con una tradición fotográfica heredada de los Estados Unidos y Europa, con la tradición del retratismo, como bien señala el ya citado López Modéjar: «Y a pesar de esta servidumbre añade este crítico-, de las ridículas alfombras, de lo pretencioso del escenario y de los muebles, de los fondos desangelados, de la obligada teatralidad de las poses, sus modelos emergen con una fuerza gigantesca. Y también, como los grandes fotógrafos populares de la época – en Ame-rica, en España, el cualquier parte-, Chambi rompe el forzado estatismo de la toma, aun en las ocasiones en que el decorado, el atrezo y el ámbito mismo del retrato parecen mas ridículos y acartonados. Cierto es que el espectador de estas fotografías se siente subyugado por la mirada única del fotógrafo, por su sencillez, por su comunicación de tú a tú con su modelo, al que mira con una profunda cara de ternura, de dulce ingenuidad y de amor. Así, Chambi nos ha dejado retratos inolvidables como Mujer india con niño (1934). Torera cusqueña (1932), Indio gigante de Paruro (1929). Esta última fotografía es, qué duda cabe, la última que se hizo de aquel mítico y deseado buen salvaje de infantil psicología afrancesada, desde los ensayos de Montesquieu, Voltaire o Rousseau, O desde las ficciones de un Benjamin de Saint-Pierre, como Paul et Virginie. Sí, una sola foto, creo yo, le bastó, y hasta le sobró al genial Chambi para traerse abajo todo aquello que la civilización occidental nos había querido hacer creer, incluso a nosotros pobres peruanos, acerca de lo que se deseo que fuéramos, verdaderas aves sin nido de una lejana, o de la más lejana, tal vez, como de aquí al Cuzco-cultura occidental. Sí, con una sola foto Martin Chambi, el primer fotógrafo cien por ciento peruano, para todo lo bueno y lo malo, se trajo abajo integro el andamiaje de un mundo en el que, como dijo Jean Paul Sartre en su prólogo a Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon, resultaba muy cómodo ser francés. El indio gigante de Paruro es al Perú lo que el desnudo griego es a la cultura occidental toda, es un calato peruano, o sea desnudo envilecido y embrutecido, un mendigo no sentado sobre ningún banco de oro, como nos describió el barón alemán Alexander von Humboldt, en un afán de repartir consuelo y esperanza, me imagino, un pobre hombre que ni siquiera se pregunta por su estatura, pero que, eso sí, nos acusa de principio a fin, sin siquiera atreverse a proponérselo. Porque ese indio gigante no es el decorado del paisaje natural peruano. del paisaje andino, en este caso: ese indio gigante es el paisaje mismo del Perú, en toda su miseria y desolación. Y no existe porque piensa. Existe precisamente, y nos acusa a todos, porque no piensa ni ha pensado nunca. Gigante y animalillo herido es ese indio al que tantos le llaman sin embargo her-mano. Hermano cautivo, estaría dispuesto a conceder, y ya estaría concediendo bastante, créanme ustedes.

Con el paso de los años, la intensidad y el dramatismo de las fotografías de Chambi, no deja de crecer y de ahondar-se, casi diría yo que de agravarse. Como sus dos grandes contemporáneos literarios, César Vallejo y José María Arguedas, la obra del fotógrafo pasa crecientemente de lo más particular, o sea de lo más peruano, a lo más universal y, a su vez. a lo más único. En las fotografías de las décadas de 1940 y 1950, Martin Chambi hace hablar al indio consigo mismo, y su discurso es cada vez más hermético, cada vez más suyo y de nadie más. El alma de estos parias en su propia tierra se abre por un instante ante nosotros, pero sin que al indio le importe en absoluto ser escuchado, ni mucho menos comprendido. La desnudez de la imagen sólo es comparable a la parquedad con que se expresan los herméticos personajes de Juan Rulfo en esos cuentos extraordinarios que son la materia misma de El llano en lamas, aunque en ellos aflore también la ternura y el lirismo parco de quien, como César Vallejo, se desgarra al intentar trasladarnos a un castellano carente del vocabulario y los sentimientos andinos, un sinfin de vivencias muy poco o nada occidentales. Y también están presentes en estos retratos de seres perdidos y transculturados, rotos y desgarrados. Todas las sangres, todas esas sangres en mezcla violenta y cruel que llevaron a José María Arguedas al suicidio, sin duda alguna por su falta de paz y armonía.

Ni indigenista, ni mucho menos aprista, como tanto se nos ha querido hacer creer. Martin Chambi es único, un hijo de nadie en lo que al arte de la fotografía se refiere, un creador y un innovador absoluto, al mismo tiempo, y que poco a poco va alejándose para siempre de todos los fotógrafos de su época para convertirse en un retratista sin par. alejado de todo artificio escenográfico, en retratos tales como El niño mendigo o Indio mascando coca. Por entonces, Chambi es ya el retratista que finalmente sólo confiará en su intuición de lo claro y de lo oscuro, de lo blanco, de lo gris o de lo negro, hasta lograr efectos sencillamente mágicos, como en esa Boda de Julio Gadea, prefecto del Cuzco (1g3o), en que su mirada va mucho más allá de la fría objetividad de la cámara, en la medida en que, al retratar, también se retrata a sí mismo y aparece ante nuestros ojos, y se aleja cada vez más del mero testimonio de un condicionamiento social e incluso de su propia voluntad, llegando luego al fondo mismo de la noche en esos retratos, como Matrimonio de conveniencia, en que percibimos nítidamente a unos personajes vestidos ya para la muerte.

El trabajo de Martín Chambi, sin embargo, no se limita sólo al estudio o taller o a los encargos alimentarios de los hacendados cuzqueños que solicitan sus servicios como fotógrafo de su gamonal y abusiva importancia. La mirada de Chambi parece escapar al control técnico de la cámara, al simple testimonio de vida y llega muy al fondo de las cosas, de su alma y de su vida, de su apariencia y de su destino mismo.

como esos personajes de su ya citado Matrimonio de conveniencia (1934), unos personajes, repito, por lo menos a mi me lo parecen, ya vestidos para la muerte.

El trabajo del genial fotógrafo peruano no podía. por supuesto. quedarse encerrado en las cuatro paredes de un estudio. Y su incesante deambular por los dramáticos paisajes andinos y los remotos asentamientos incas se mezcla a los de su paso lento por las sombras imponentes de los más altos nevados eternos. En su archivo llevaba más de doscientas fotos que testimonian de unos desplazamientos solitarios que empezaron incluso mucho antes de su llegada al Cuzco. A lomo de mula recorrieron el artista y su cámara el Perú surandino, el de aquella medialuna que abarca territorios peruanos, bolivianos y ecuatorianos. El propio Chambi nos da fe de ello cuando escribe en 1936 que en su archivo llevaba centenares de fotografías de diversos aspectos de la rota cultura quechua. «He recorrido y recorreré las regiones andinas en esta peregrinación -afirma el artista-. Sobre todo, he escudriñado con la lente de mi cámara fotográfica todos los rincones. palacios y fortalezas de Cuzco. Ahí están Sacsahuamán, Ollantaytambo, Macchu Picchu, Piccchu Picchu (sic), Pisac, Colcampata, el valle de Urubamba. Toda la región en que floreció el imperio.»

En la mayor parte de esas fotografías late la magia de Chambi, ese arte inconfundible que lo aparta de todos los fotógrafos anteriores a él, contemporáneos suyos, o posteriores, con los cuales inútilmente se le ha querido comparar. Como en el caso de José María Arguedas, César Vallejo, o d. mexicano Juan Rulfo, el universo de Martín Chambi es tan único, se abre y cierra tanto sobre sí mismo, que termina por ser tan excepcional como incomparable. Y cómo no pensar. al ver las fotografías de Martín Chambi, en el José Maria Arguedas que aclaró, de una vez para siempre, que en él el socialismo jamás mató lo mágico. Como no lo mató tampoco en César Vallejo o en el mexicano Juan Rulfo.

Por ello precisamente es que Chambi se pasea tan airosamente, quiero decir, sin denuncia alguna, sin la sombra de una tesis, por el tremendo drama social o político de un país. Mucho más allá de esta plática. por encima y por debajo de ella, me atrevería a decir. Martín Chambi cala en todos los tiempos de una historia rota, de un pasado truncado y de un presente injustamente atroz. Con armas que son todas del siglo xx, Martín Chambi maneja su bisturí atroz por todos los tiempos de la enferma, enferma muy grave, anatomía peruana, por no decir también surandina, agregando de esta manera a Bolivia y a Ecuador, y arrimándonos incluso un poco al propio México de ayer y de hoy y de siempre.

Y es que los peruanos somos también hombres nacidos en la más contemporánea de las sociedades. Somos asimismo hombres que, de tan viajeros, impertinentes e imperecederos, más tenemos de nómadas que de estrictamente nacionales. Y es que, a diferencia de lo que Sartre dijo de los franceses, no es absolutamente nada cómodo, ni lo ha sido nunca, ni creo yo que lo será ya jamás, ser peruano. Piensen ustedes, por ejemplo, en que si hoy es cada vez más dificil seguir siendo italiano o francés o suizo y hasta judío o árabe, en un mundo que tiende a parecerse hasta la saciedad a sí mismo, en la aldea global que arrasa diferencias culturales ancestrales, pues mucho más difícil o casi imposible resulta seguir siendo peruano o boliviano o argentino, por la sencillisima razón de que nadie lo ha sido a fondo todavía, y por la sencillisima y atroz razón de que los peruanos o chilenos conocemos más que nadie ese no ser nada, completamente, todavía, y desconocemos por completo, o por lo menos casi por completo, ese ser ya algo único y muy diferente a lo demás, ese ser genuino y auténtico y profundamente nacional que nos induce a querer perseverar en nuestra existencia, para no morir. Piensen ustedes, pues, qué diablos significa pertenecer a paises que son nada más que ejército y una bandera incomprensible y un absurdo himno nacional más unas leyes, o puras leyes, todas calcadas de lo foráneo, beata, colonial y estúpidamente admirado. Pero son también éstos unos países en los cuales un actualísimo sabio, un genio o un artista magistral puede tropezarse en plena calle del siglo xxI con un pobre hombre que vive en el siglo XVIII, por ejemplo, de la misma manera en que desde la megalópolis que es Lima. la capital del Perú, cualquiera puede tomar un avión que lo deposite en plena Amazonía, o sea, en plena prehistoria. Ya lo dijo alguien que de esto entendía tanto como el fotógrafo desgarrado y genial que es Martin Chambi: «El Perú no es un país; el Perú lo que es, es un territorio de desconcertadas gentes». Pues sí, como José María Arguedas o Julio Ramón Ribeyro o Mario Vargas Llosa, en la narrativa. o como César Vallejo, en la poesía, Martín Chambi no sólo fue un artista único por su desconcierto, sino también por lo tremendamente desconcertante de su obra, el artista de una fragmentación y de una incomprensión, de una inmadurez y de un querer ser inauténtico, impuesto y colonial. y de parias que, como los personajes de sus fotografías. caminan por un territorio inmenso y ajeno en busca de una cosmogonía para siempre perdida.


Alfredo Bryce Echenique
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Fundacion Telefonica – Conferencias Arte y Tecnologia
MARTIN CHAMBI

Alfredo Bryce Echenique, Teo Allain Chambi, Herman Schwarz, Andres Garay Albujar, Alejando Catellote, Juan Manuel Castro Prieto

La Fabrica Editorial
Madrid, España
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ALFREDO BRYCE ECHENIQUE
1939 – 2026

Escritor peruano, ha pasado buena parte de su vida entre Perú y Europa. Estudió Derecho y Letras en la Universidad de San Marcos de Lima y en la Sorbona de Paris.

Su narrativa tiene como principales virtudes el hu mor, la espontaneidad del trazo narrativo y la cuali: dad oral del lenguaje. Sus relatos están llenos de incidencias y peripecial. que, teniendo referentes reales (y muchas veces autobiográficos), adquieren un sesgo delirante.

En 1968 ganó el premio Casa de las Américas por su libro de cuentos Huerto cerrado. Para muchos, Un mundo para Julius (1970), su primera novela, es su mejor obra por la maestría con la que evoca el mundo de la alta burguesia limeña